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Hola, me llamo Ingrid. Soy… bueno era, estudiante de
Derecho. Mi vida como estudiante era de lo más normal. Ir a clase entre semana,
salir de fiesta los fines de semana, conocer chicos... Lo normal.
Conocer chicos. Más concretamente, conocer un chico. El
chico. No dejaba de mirarme el culo y le pille en más de una ocasión. Parecía
no importarle que le pillara, él seguía mirando. Cuando me decidí a acercarme y
decirle algo, él simplemente me besó. Durante unos segundos fui totalmente
incapaz de reaccionar. Ante este hecho, él repitió la hazaña y le di una
bofetada. Pero no pude resistirlo y yo también le besé.
Así nos conocimos. Él todavía me guardaba un rencor cariñoso
por el guantazo y me había prometido devolvérmelo. Nos lo pasábamos muy bien
juntos. Siempre que podía sacaba tiempo para verle.
Con el tiempo empecé a faltar a algunas clases para estar
con él. Dejé de quedar con mis amigos los fines de semana. Lo necesitaba. Si no
estaba con él, no hacía más que pensar en dónde podía estar para ir a buscarle.
Las pocas clases a las que faltaba se convirtieron en días enteros en los que
ni siquiera aparecía por casa. Más tarde fueron semanas y no me daba ni cuenta
que había dejado mi vida completamente de lado por él.
Un año después tuve el accidente de coche que me dejó en la
silla de ruedas a la que ahora estoy atada. Pasé un tiempo, poco, en coma. La
recuperación se alargó durante año y medio, tiempo en el que no vino a
visitarme ni una sola vez. No volví a saber de él hasta hace poco. Al parecer
mi accidente, del que yo no recuerdo nada, no fue tal accidente. La policía me
lo contó todo.
Apartada del resto del mundo como vivía, no hacía caso a
nadie. A todos los que alguna vez estuvieron a mi lado no les sentó nada bien.
La mayoría se enfadaron conmigo y no querían hablarme, incluida mi madre.
Supongo que para que todo esto sucediera tuve que poner algo más de mi parte,
como discusiones estúpidas, algún que otro insulto... Pero creo que ahora ya es
demasiado tarde para arrepentirse.
Vivía colgada de mi chico. Vivía para él. Pero él parecía no
vivir ya conmigo. Era muy poco el tiempo que pasaba en casa. Se iba con sus
amigos. Pero a mí no me importaba. Seguía queriéndole con locura. Muchas veces
volvía borracho, me hacía el amor y sin mediar palabra se quedaba dormido. Así
era la rutina de mi vida. Pero yo era extrañamente feliz.
Mi memoria acaba aquí y aquí es donde empieza el relato de
la policía. Dadas las extrañas circunstancias en las que ocurrió el accidente
se abrió una investigación de la cual no creo que pretendieran sacar gran cosa.
Pero la sacaron, aunque fuera tres años después, cuando un vecino de la casa en
la que vivíamos vio mi caso en una cadena local reconociéndome y, tras no poder
dormir durante dos noches, fue a la policía y les contó una historia que
explicó todo el asunto.
Vio volver a mi chico borracho, dando tumbos, tarde por la
noche. En un principio no le dio mayor importancia, ya que era algo habitual en
él. Al oír ruidos en mi casa supuso que algo pasaba. Su excusa fue que lo que
ocurriera en casa ajena no era de su incumbencia. Mi chico nunca antes me había
pegado, al menos que yo recuerde. Media hora de ruidos más tarde la intriga le
pudo, pero pronto los ruidos cesaron. Tan sólo por curiosidad se acercó a la
ventana y vio como él me arrastraba inconsciente dentro del coche. No vio más,
pero el testimonio junto con algunos datos de la investigación llevaron a la
policía a pensar que, creyéndome muerta por su paliza, me llevó a una colina
cercana, me colocó en el asiento del conductor y me lanzó por un terraplén con
la esperanza de encubrir el delito con un accidente.
Nunca podremos preguntárselo. Tras todo aquello desapareció.
Nadie le conocía, nadie le recordaba. Casualmente, el mismo día que nuestro
vecino me reconoció en la televisión, él también me vio y supo entonces que yo
no había muerto. También se enteró del calvario que pase durante mi
recuperación y no pudo con ello. Es curioso. Podía vivir con la muerte de una
chica a la que ya nadie echaba de menos, pero no fue capaz de soportar la idea
de haberle hecho aquello a alguien. Aquella misma noche se suicidó.
Ahora, cada vez que pienso en él, no puedo dejar de repetir entre lágrimas: "Por qué te suicidaste, cabrón? Te echo de menos!".
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